I. Sobre lo que no hace un analista
Me encontré el otro día pensando sobre mi práctica a partir de un espacio de discusión con colegas.
Me quedé pensando algunas horas sobre lo que había dicho en ese espacio que tal vez había dejado algunas resonancias.
El intercambio motorizó lo que viene ahora.
Hay una serie de frases que circulan con una fuerza casi dogmática: que el analista no da devoluciones, no felicita, no enseña, no alienta, no aconseja, no promueve. Que espera. Que escucha. Que no dirige una entrevista. Que no pregunta datos biográficos en un primer encuentro. Que no se apresura por saber.
Salí de esa reunión con una pregunta incómoda. No porque creyera haber hecho algo incorrecto, sino porque, por un momento, tuve la sensación de no ser lo suficientemente psicoanalista. La sensación duró poco, pero alcanzó para interrogarme. ¿Desde cuándo preguntar por la historia de alguien, por un teléfono de contacto o por datos mínimos para comenzar un tratamiento puede convertirse en un signo de menor rigurosidad?
Mientras volvía sobre esa conversación, recordé una sesión particularmente ardua con un paciente al que atiendo desde hace algunos años. En un momento, con ironía, le dije: "No todos los amores merecen ser vividos." Citando a Esteban Lamothe en Envidiosa (antes de que el personaje haga un giro que no esperaba y que no me terminó de convencer, pero eso es para otro momento). Por supuesto, la serie es pochoclera. Por supuesto, sirvió para reirnos un rato. Por supuesto, sobre todo, nadie más que ese paciente podría entender por qué esa frase apareció exactamente ahí. Y, por supuesto, no voy a contarlo acá.
Hay algo que me preocupa cuando la posición del analista parece medirse por el grado de abstinencia con el que conduce una entrevista. Como si la rigurosidad consistiera en preguntar cada vez menos. Como si interesarse por ciertas coordenadas de la vida del sujeto atentara contra la ética del psicoanálisis.
Olvidamos, a veces, que también somos profesionales de la salud. Que recibimos a una persona que consulta, que inicia un espacio (después se verá qué viene a buscar) y con la que asumimos responsabilidades concretas. La posición del analista no anula esa condición: la supone.
No deja de llamarme la atención que una práctica que hizo de la pregunta su herramienta principal termine transmitiéndose, muchas veces, como un sistema de certezas. El analista no hace esto. El analista no dice aquello. El analista jamás debería intervenir de tal manera. Poco a poco, la transmisión deja de producir analistas para producir garantes de una ortodoxia. Un psicoanálisis cristalizado en fórmulas, repetido como un catecismo, desligado de la época y de las condiciones particulares en las que hoy se ejerce. Son esos discursos los que terminan construyendo una práctica elitista, descontextualizada y, finalmente, reservada para unos pocos.
Hay una diferencia entre una abstinencia y una abstención. La abstinencia, en psicoanálisis, responde a una posición ética. La abstención, en cambio, puede convertirse en un modo de no implicarse.
Quizás la pregunta nunca haya sido qué hace un analista. Quizás la verdadera pregunta sea qué pasa con una práctica cuando empieza a organizarse alrededor de lo que no debe hacer.